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Delincuencia

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ID: 337“Declararles la guerra a los delincuentes” y “Luchar contra la delincuencia” son dos cosas completamente distintas. La primera es una lucha –que está perdida de antemano- y consiste en aplicar la fuerza bruta contra los síntomas de un mal social. La segunda, implica una estrategia donde no hay malos y buenos sino un círculo vicioso que nos envuelve a todos. Naturalmente, basta que un solo eslabón de dicha estrategia falle o no sea tomado en cuenta para que todo el plan naufrague. Es lo que está sucediendo: en momentos en que la delincuencia se considera uno de los problemas más graves de nuestra sociedad, la opinión pública y los políticos han creado la disyuntiva entre aplicar mano dura o dejar las cosas como están. Obviamente cuando ese dilema se entroniza en las mentes de los ciudadanos la elección de la inmensa mayoría es “Hay que aplicar mano dura”. Pero como se verá, arengas simples como “Basta de puertas giratorias” o “No puede ser que sean puestos en libertad patos malos que son un peligro público y que –como casi siempre ocurre- volverán a delinquir, a asaltar a ciudadanos tranquilos, a matar o a robar casas” encienden los ánimos pero solo conducen a enfervorizar a la gente en torno a algún demagogo. Recuerdan a un entrenador de fútbol cuyos mensajes a los jugadores no salieran de “Adelante mis leones”, “Todos arriba” o “Al empate muchachos”. Prometer inclemencia con los antisociales, claro, es una consigna de la cual los políticos no pueden prescindir.

Basado en los felices enunciados de Nichols y Stevens(1) , y en lo que a mi juicio es la justa suposición de que quien sabe escuchar debe ser necesariamente capaz de cuestionar sus propias creencias, en cierta ocasión puse a mis alumnos la tarea de elegir entre una serie de afirmaciones aquélla de la cuál estuviesen más convencidos. Una vez elegida la afirmación, la tarea consistía en buscar argumentos que la cotravinieran (sigo creyendo que el ejercicio de cuestionar algunos de nuestras convicciones más profundas es una buena forma de abrir la mente). Las afirmaciones eran del tipo “la justicia debe ser igual para todos”, “hombres y mujeres deben tener los mismos derechos”, “a los delincuentes hay que aplicarles mano dura”, etc., y fue justamente esta última la que capturó más adherentes. Los argumentos en contra que insertaron para completar la tarea fueron del tipo “los delincuentes también son seres humanos” o “es mejor dar oportunidades e invertir en educación”. Todos –a mi juicio- tan piadosos como inoperantes frente al gigantesco problema del delito.

Por un lado, aplicar mano dura significa que todos los delincuentes deben ir presos (ya que la pena de muerte no existe). Considerando que cárceles atestadas como son la mayoría de las de nuestro país donde en las noches los reclusos duermen en el piso haciendo “cucharita” y al amanecer salen a un pequeño patio y pasean de una muralla a otra intercambiando ideas non sanctas, enviarlos allí una temporada es tan pernicioso como darles un curso gratuito para mejorar sus técnicas. Los jueces optan muchas veces por dejarlos en libertad -provocando la indignación de los “ciudadanos honestos”- aunque en realidad es la opción menos mala: en las circunstancias actuales el daño que son capaces de causar es menor antes que después de haber pasado algún tiempo en esas escuelas de delito que eufemísticamente llamamos Centros de Rehabilitación o cualquier otro nombre pomposo. También –por supuesto-porque el castigo (convertirlos en parias por el resto de sus vidas) es demasiado cruel para un ser humano. De nada sirven, pues, la captura de los delincuentes, las redadas ni todo el despliegue policial, y de poco, los esfuerzos a favor de la seguridad ciudadana. Cuando un delincuente muere aparecen tres que quieren reemplazarlo o simplemente vengarlo.

Por otra parte, aunque comparto la idea de que el problema de fondo es la falta de oportunidades, la desigualdad socioeconómica y la falta de educación, creer que medidas que apunten a corregir esos defectos sociales van a contribuir por sí solas a difundir la honestidad entre las mafias organizadas es tan utópico como pensar que las buenas palabras pueden redimir a un asesino.

El eslabón no cubierto es desarrollar una infraestructura carcelaria que al menos no los empeore y donde quepan todos aquéllos que cometen delitos de cierta gravedad. Un país sin suficiente cárceles adecuadas(2) es como una casa sin WC. Podrá tener una hermosa sala de estar, jardines, piscinas y dormitorios a todo lujo, pero los excrementos estarán bajo las alfombras, detrás de las cortinas de brocato o en los estantes enchapados de la lujosa biblioteca. Me atrevo a sugerir que contar con buenas cárceles es tanto o más urgente que construir hospitales o desarrollar una infraestructura carretera, y muchísimo más que comprar aviones de combate.

Desgraciadamente ningún político podría llegar al poder prometiendo que va a invertir una parte importante del presupuesto nacional en construir cárceles. Para nuestra sociedad los presos son escoria olvidada que se pudre lentamente en nuestras prisiones, sin ninguna posibilidad de llevar una vida digna, ni adentro ni afuera. Cuando han pagado su deuda con la sociedad no tienen otra opción que volver a delinquir pero –eso sí- están mucho mejor preparados para hacerlo.

El “ciudadano honesto” se interesa tanto por la vida en los centros de reclusión como por los mataderos de donde sale la aséptica carne que lo nutre.

Fuente: Original, Alejandro Covacevich (acovacevich@vtr.net), 19-2-2010.

(1) Nichols y Stevens, hace más de medio siglo, publicaron en Harvard Business Review un esclarecedor artículo acerca la capacidad de escuchar. En síntesis, dicha habilidad consiste en buscar argumentos que apoyen la postura de nuestro interlocutor aunque contravenga nuestros paradigmas y creencias, en lugar de distraernos en elaborar una respuesta que lo refute. Ver “La Importancia de Escuchar”.

(2) Dudo que la solución vaya por las cárceles enormes donde el amotinamiento y las sangrientas luchas intestinas son el pan de cada día. Creo que va por cárceles pequeñas con secciones de esparcimiento y aprendizaje y controladas, no por improvisados gendarmes sino por profesionales especialmente preparados.

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